jueves, 14 de agosto de 2008

Jürgand

La noche era fría, sin luna. Una densa niebla comenzaba a arrastrarse en torno a los troncos de los árboles. El suelo estaba cubierto de hojas húmedas por casi todo el jardín, mientras la extraña pareja se acercaba a Johann con toda tranquilidad, casi con desdén.

La noche había sido larga para el joven soldado de Jürgand, pero no solo eso, sino también aterradora. Durante su entrenamiento le habían explicado que podía encontrarse en situaciones similares, separado de su grupo, acosado por enemigos superiores y sin posibilidad de contactar con la escuadra. En estos casos lo mejor era buscar un sitio seguro donde recuperar fuerzas y volver lo antes posible a la base madre. Conocía a la perfección el protocolo y trataba con todas sus fuerzas de llevarlo a cabo, pero aquella mujer no era común, eso desde luego. Parecía contener en si misma todos los conocimientos de la organización e incluso más, anulaba cualquier intento de usar sus capacidades sobrenaturales para escapar y ya había aprendido que un ataque frontal no era la mejor de las alternativas; el otro, el tipo de la gabardina blanca, impasible y mecánico en sus movimientos, y a la vez calmado y poseído por una fuerza que no era humana, podía detener cualquiera de sus envites sin tan siquiera sudar por el esfuerzo. Si aquello era el miedo, Johann estaba aprendiendo bien que significaba.

Los dos llegaron de nuevo a su altura, el soldado no podía continuar huyendo, sus niveles de energía estaban al mínimo y sabía que un nuevo intento de ataque fallaría, y tal vez, terminaría con su propia vida. Tan sólo le quedaba una alternativa, el diálogo, aunque tenía pocas esperanzas puestas en poder convencerla.

- Eso que quieres hacer no es justo, ni para ellos ni para los habitantes de Gaia.

Ella lo miró desde arriba, el joven estaba agachado, doblado por la cintura a causa de las heridas y el cansancio. Aquella misteriosa mujer comenzó a hablar, eran las primeras palabras que la escuchaba decir:

- La vida no es justa.

Aquella frase le traspasó, estaba acostumbrado a escuchar la voz profunda y poderosa de sus maestros, incluso de algunos dioses. Durante sus años de entrenamiento había podido comprobar como las simples palabras de una criatura de elevado poder eran capaces de mover realidades, pero la voz de ella iba más allá de todo eso. Dentro de la mortalidad del cuerpo que ocupaba, – si es que ese cuerpo podía resultar herido, ya que él desde luego no había conseguido hacerlo, – su tono iba más allá de lo posible. Era como si hablase directamente al corazón de su existencia. Johann comenzó a sudar, era un sudor frío y pegajoso, pero hizo acopio de valor y tras tomar aire un par de veces comenzó a hablar de nuevo:

- Lo que los habitantes de tierra viven y sienten no tiene nada que ver con esto, no puedes continuar con esta locura. Además no creo que te lo permitan, la humanidad tiene más recursos de los que imaginas.

Aquello podría haber parecido una amenaza, sin embargo no era más que un dato más, y de todos modos Eljared lo conocía.

- Si a ti ya te he vencido – sonrió - ¿qué crees que pueden hacer esos seres con conciencia? – tal vez fuese un juego, quizá aquel diálogo no era más que una farsa, pero era la única salida que le quedaba a Johann.

- Estoy seguro de que puedes manipularlos hasta el punto de que ni uno solo de ellos sepa hacia donde se dirige su destino, conocer su sociedad, su forma de vida, tan... – hizo una pausa para mirar los dispares ojos de ella, uno rojo y el otro dorado. En ese momento brillaban de manera extraña, con una chispa que iba más allá de lo mundano – tan interesantes, pero al mismo tiempo tan faltas de individualismo, controladas por entes superiores… ¿Es ese tu plan?

Por un momento el muchacho creyó que iba a comenzar a reír. No podía estar más equivocado. Las facciones de la mujer se tornaron un poco más duras y su sonrisa desapareció. Su voz sin embargo no cambió en absoluto.

- No, es mejor dejarlos sin un destino en el que poder auxiliarse, sin un pasado, sin un presente, y sin un futuro, tal como ellos hicieron conmigo; olvidando mi pasado, ignorando mi presente y ajenos a mi fin.

Cualquier Jürgand sabía que eso no debía hacerse, era una de las primeras cosas que les enseñaban, irrumpir en el destino de los hombres iba contra el Pacto. Por una fracción de segundo perdió los nervios.

- ¡Eso no puedes hacerlo, va en contra de todos los pactos que firmamos hace siglos! Y… - volvió a detenerse un momento para calmarse - ¿de verdad no ha habido nadie que te haya hecho pensar: "merecen la pena"?
- Nadie que aun exista.
- ¿Y el mundo en si mismo, tal como es ahora?
- La belleza de este mundo y el futuro es tan relativa como la subjetividad del que la contempla. ¿Y si el que la contemplase fuese totalmente objetivo? – Johann supo que hablaba de ella misma, se creía una diosa. No. Se creía superior a los mismos dioses…
- Nadie es totalmente objetivo y tú lo sabes. Los humanos necesitan esa libertad de la que disponen, llegado el tiempo correcto sabrán reaccionar, harán lo que deban y ese será su destino.

Era un argumento desesperado, fútil, pero contra aquella mujer era complicado elegir las palabras correctas, su simple presencia le incitaba a creer lo que ella decía. Sabía que era un truco. ¿O tal vez no?

- Inútiles incluso cuando se lo ponen fácil, les dieron la oportunidad de gobernarse a si mismos y la rechazaron.

Sentenció ella, recuperando de nuevo la sonrisa, aunque esta vez tenía algo extraño, quizá nostalgia. Johann creyó saber a que se debía y ensayó un nuevo ataque dialéctico.

- Incluso ellos necesitaban de un maestro y no te niego que pudo ser diferente, pero venció Giovanni. Eso fue lo que decidió su camino.
- No te pongas de su parte, ellos no necesitan ni merecen tu compasión.
- No es compasión, es comprensión... y creo que ahora mismo estamos en un punto en que la humanidad puede avanzar, librarse de algunas de sus cadenas, pero necesitan de toda la libertad que podamos darles.

Algo parecido a la ira asomó a los ojos de Eljared o al menos eso le pareció al muchacho. De todas maneras bien pudo haberlo malinterpretado puesto que dentro de su campo de visión, el hombre de la gabardina blanca había apoyado la mano izquierda sobre la empuñadura de la espada. Ella continuó hablando.

- Cada cadena rota ha sido reparada con eslabones mas fuertes, con estupideces mayores, les dimos un nuevo comienzo y volvieron a repetir los mismos errores con pautas distintas, intentaron hacer desaparecer la historia original con falsas religiones, tuvieron la ambrosia en sus manos y la arrojaron al mar.... Eso es el Sacro Santo Imperio de Abel, cerrar los ojos a una evidencia casi palpable, el fin de Gaia esta cerca, y será a manos de ellos mismos.

Cada vez lo acorralaba más, sentía que el poder de ella aprisionaba su voluntad, miró de nuevo a su impasible acompañante. De no ser por ese tipo podría tratar de atacarla, pero sus anteriores intentos habían sido en vano, él siempre se adelantaba. También podría haber intentado cambiar la realidad, encerrarlos a todos en una dimensión creada ex profeso para no dañar el mundo real, sin embargo sus anteriores intentos habían sido igualmente en vano. En cuanto comenzaba a concentrar la energía necesaria la presencia de aquella mujer se interponía a su poder, lo sometía y lo anulaba sin esfuerzo. Estaba perdido y le comenzaba a costar incluso pensar. ¿De donde salía una fuerza tan abrumadora como para amedrentar a un soldado como él?

- Algunos de ellos son diferentes, esa emperatriz, el príncipe Lucanor, Mathew Gaul... los líderes actuales del mundo pueden hacer grandes cosas, un poco más de tiempo podría bastar, ¿tan mal está la situación como para no poder dárselo?
- Para mi el tiempo no existe pero para Gaia si, ¿cuanto mas crees que es sostenible este desequilibrio? – de nuevo aquella sonrisa - Mi papel no es solo de juez sino también de verdugo. Una persona puede cambiar muchas cosas, pero ha llegado el momento de que sea escuchada. No he podido ponéroslo más fácil, esta es vuestra última elección, ¿que haréis ahora? ¿Volver a cerrar los ojos ante la evidencia?

Sin saber por que, aquello le había irritado. Aquella mujer tenía la fuerza necesaria para acabar con todo o para dejarlo tal cual estaba, pero eso era ¿imposible?

- ¡No hay tal evidencia, no es tan inmediato como intentas hacer ver, pero aunque lo fuese, podrías usar tu talento para retrasarlo, en lugar de provocar más caos! – Elevó la voz más de lo que pretendía, cerró los puños y se puso en tensión - ¿Acaso en todos estos años no has encontrado nada por lo que merezcan una nueva oportunidad?

Eljared lo miró casi con desdén, pero la reacción de su acompañante fue la que lo hizo retroceder, su simple mirada vacía de todo sentimiento le golpeó como un yunque. Supo al instante que si no cambiaba su postura acabaría clavado en el árbol más cercano. Ella se le acercó conciliadora y le puso una mano tibia en la frente. Johann no pudo moverse.

- Cierra los ojos, profundamente, abstráete... ¿De verdad no la escuchas gritar? ¿Cuanto tiempo podréis ignorar su agonía? ¿Cuanto más podréis retener ese sufrimiento?

Ciertamente, lo sintió. La conciencia de ella le transportó por sobre mares y montañas, lo vio todo al mismo tiempo y escuchó el grito silencioso de la tierra, de la mismísima realidad. Sin embargo era algo que ya conocía, aunque no lo hubiese vivido de esa forma.

- Sus heridas pueden sanarse con el tratamiento adecuado, ya lo hicimos una vez, aunque la solución no fue perfecta, ahora podríamos hacerlo mejor si trabajamos juntos en ello. – dijo, esperando que ella comprendiese su postura.
- Vuestras barreras empiezan a resquebrajarse – la voz de ella sonó tajante.
- Pueden volver a forjarse. Reconozco que tal vez haya algunos desperfectos, pero podremos contener la mayor parte del problema y el mundo seguirá, como ha seguido existiendo durante casi mil años.

La voz de Johann estaba ya llena de desesperación, sabía cual sería el final de la conversación, ella se lo había dejado ver cuando lo había tocado.

- Ese es el error, vuestro estúpido error. Ciegos, necios. El mundo seguirá existiendo como siempre… El mundo nunca será el mismo, nunca lo ha sido, vosotros olvidáis, ignoráis vuestra propia historia, pero ella la recuerda, y sufre cada día por vuestra dejadez. Jamás llegareis a entender ese dolor.
- ¡Podríamos aprender! – rugió él
- ¿Como? – tras eso rió, con unas carcajadas limpias, sinceras.
- Tú podrías ayudarnos a hacerlo.

La falta de control era ya total en el muchacho. La mujer se calmó, dejó de reír y su actitud volvió a ser la que había sido durante toda la entrevista, entonces le dijo:

- Os he echo repetir los mismos ciclos y seguís sin entenderlo, he puesto la llave de vuestro conocimiento en manos que son capaces de utilizarlo, os he echo caer para ver si reaccionabais, muchos siglos han pasado y ya habéis desperdiciado demasiadas oportunidades. Se acabó, esta conversación no tiene sentido. Si preferís vivir en vuestra ignorancia, no seré yo quien os despierte de vuestro utópico sueño. Seréis vosotros los que sufriréis por el daño infligido.

Poco quedaba ya por decir y el chico notaba que su fin estaba próximo, sin embargo lo intentó una vez más

- Estás equivocada, el mundo ha avanzado, ha cambiado y cada vez va mejor, ahora se cernía una nueva era sobre todos los habitantes de Gaia y fuiste tu la que obligó a la historia a dirigirse en esta dirección. Eres tu la que sembraste el caos. No ayudaste a la humanidad.
- Sigues sin entenderlo... lo hice.

Tras esto ella se giró y comenzó a caminar hacia los árboles. Una energía que no era de este mundo – y posiblemente de ningún otro en concreto – comenzó a fluir por el cuerpo de Johann, no tenía posibilidad alguna de vencer, pero no iba a dejarse matar sin presentar resistencia. Tampoco le sirvió de mucho.

Al cabo de unos minutos Némesis dio alcance a su señora, ella le hizo un gesto y él entregó lo que llevaba en la mano.

La noche llegaba a su cenit, y mientras la niebla cubría aún el paraje ambas figuras caminaban en silencio. Aquel muchacho la había hecho revivir recuerdos o más bien, pensamientos, que se mantenían perdidos como fragmentos de su memoria. ¿Hasta que punto los habitantes de Gaïa estarían dispuestos a luchar por sus vidas?, pronto lo sabría. De momento aquel joven soldado le mostró una resistencia y firmeza que hacía siglos que no había podido contemplar. Sus palabras, aún siendo fruto de la desesperación, contenían un enorme grado de confianza en la humanidad. Tal vez, en otro tiempo, incluso podría haberla hecho dudar. Pero lamentablemente, aquella época ya había pasado. Una leve sonrisa se perfiló en sus labios:

- Un alma con esperanza…- se la escuchó susurrar.

martes, 12 de agosto de 2008

El Paraiso Perdido

Para que algo sea creado, algo debe desaparecer, no solo morir, la creación de algo requiere un sacrificio mayor que la propia muerte. Este mundo y sus colindantes exigen mantener un equilibrio, la realidad tal como la concebimos necesita ese estado. Pero a veces los equilibrios al igual que los mundos, son tan frágiles como puede llegar a serlo un diamante. Fríos, hermosos, brillantes y admirados; tallados por las manos más expertas con la sola necesidad de la perfección, para así poder contemplar todas las facetas de una misma obra...pero al fin y al cabo si se perturba el estado mismo de la esencia de esa creación acaba, como todo, rompiéndose en mil pedazos.

Aun así, la caída de este mundo no será una caída vertiginosa para los ojos expertos, para ellos será producto de una larga decadencia, lejos de pensar que alguien puede manejar los hilos de toda una realidad. Ignorantes.

Fui creada, estoy vacía, todo lo que hubo antes de mi es inexistente, lo que se avecina, es un misterio, al menos para vosotros. A final de cuentas sois solo seres limitados por una conciencia.

lunes, 11 de agosto de 2008

Elhazzared

Todo Gaïa había temblado, no podía verlo, pero pudo sentirlo en su interior, como había sentido tantas otras veces, la vida lejos, haya donde ella no podía tocarla. Sentía los grandes poderes, los enfrentamientos de los seres que poblaban toda la realidad, el batir de las alas de un pájaro… lo sentía todo pero no había vivido nada. Tan solo era una espectadora pasiva de lo que ocurría a miles de kilómetros de ella, encerrada en un lugar donde, paradójicamente, puede que fuera el ser más libre y el más consciente de lo que ocurría en Gaïa.

Eso cambió, todo cambió radicalmente ese día. Gaïa había temblado, y el ser que en la distancia compartió su celda ya no se encontraba en ningún sitio, por mucho que lo buscase en su inconsciencia, el había desaparecido. Lo último que quedaba de este ser fueron unas promesas incumplidas, una conciencia desaparecida y un nombre:

- Y tu nombre será Elhazzared, que significa “El Paraíso Perdido”.

Elhazzared… después de tanto tiempo todo lo que para ella era conocido, toda la percepción que tenia del mundo, su forma, sus habitantes, ya no podía ser concebida desde su nuevo estado. Pasó entonces a una confusión que inundaba una materialidad que no reconocía como suya.

Todo lo que la rodeaba, era confuso, oscuro…

El suelo estaba frío… Frío, conocía esa palabra pero nunca había experimentado esa sensación. ¿Qué era lo que pasaba?, ¿por qué no podía controlar, su…? Su cuerpo. ¿Desde cuando ella poseía cuerpo? Miró hacia el suelo y fue consciente de su materialidad más allá de una mera percepción. Fijó la vista en sus manos, eran pequeñas… posteriormente no recordaría cuanto tiempo estuvo observándolas. Sentía frío, estaba desnuda, de pie, tiritando… sus largos cabellos se encontraban mojados y se pegaban al cuerpo formando casi un velo de protección natural. Pero toda ella estaba empapada y sentía por primera vez en su existencia: frío.

Contempló lo que le rodeaba, todo a su alrededor estaba repleto de sangre, trozos de cristal y del mismo líquido que envolvía ahora su cuerpo, entorno a ella todo era conocido y a la vez extraño. Observaba la escena con la mirada del que abre por primera vez los ojos. En su confusión dio un paso, temblorosa, saliendo de lo que parecía ser el contenedor del líquido que la empapaba y posiblemente el antiguo dueño de la forma final de los cristales que se confundían a su paso. Mientras avanzaba y bajo sus pies descalzos se clavaban miles aristas afiladas, vio algo que llamó su atención en el suelo. Un inexplicable impulso le hizo agacharse a recogerlo, aquello distaba mucho de todo lo que la rodeaba, como la pieza de un puzzle que no llega a encajar. Era, una pluma. Solo entonces, de rodillas en el frío suelo se dio cuenta de que parte de su cuerpo, así como sus manos, estaban impregnados de sangre. Una lágrima recorrió su mejilla…

- ¿Quién... soy?

domingo, 10 de agosto de 2008

Los Siete Sellos

Rah descendió por las largas escaleras oscuras que se introducían en lo más profundo de la tierra. Su vista se encontraba nublada por el dolor y el cansancio, pero conocía a la perfección cada rincón de aquellos escalones, cada piedra de aquel lóbrego pasaje. Podría bajarlas incluso con los ojos cerrados.

Cuando llegó hasta la base, se detuvo mirando las enormes puertas de metal. A pesar de las protecciones que las revestían, sentía el descomunal poder que crepitaba en el interior. Muy despacio se quitó un guantelete y puso su mano llena de sangre sobre el panel circular.

- Apertura de los seis primeros sellos.

Con un sonido seco, toda la superficie metálica empezó a llenarse de símbolos brillantes, formando un reluciente árbol cabalístico con siete sephirots. Cuando termino de manifestarse, una tras otra las capas de metal místico de la puerta empezaron a separarse y Rah se introdujo en el corazón mismo de Tol Rauko.

Utnapisthim.

Delante de él la inmensa maquinaria se extendía kilómetros y kilómetros bajo tierra, hasta clavarse en las propias raíces de la existencia. A su alrededor flotaban centenares de paneles, repletos de fórmulas cuánticas y sobrenaturales. El Señor de Judas lo observó todo con minuciosidad mientras avanzaba por la colosal estancia. Millones de almas, tanto mortales como de dioses, se habían acumulado en aquellas ramificaciones de metal, un poder como jamás había estado al alcance del hombre. Cuando pasó cerca del núcleo no pudo evitar esbozar una sardónica sonrisa al fijarse en las treinta piezas de metal negro ubicadas en el panel central pero, sin detenerse, siguió adelante hasta llegar a su destino.

En el centro de aquel lugar había un enorme cilindro de cristal lleno de tubos, en cuyo interior se encontraba levitando una mujer sumida en un profundo letargo. Era hermosa de un modo difícilmente explicable, tanto que haría que los poetas dejaran de soñar. Al mirarla, la expresión de Rah cambió levemente y sus ojos se llenaron de cierta melancolía.

- Lo lamento. Aún no estás preparada, pero ya no me queda nada más.

Con dulzura, pasó su mano ensangrentada por el cristal, dejando cuatro largos surcos rojos. Por primera vez desde hacía mucho tiempo, una profunda tristeza le invadió.

- Puede que esto sea un error. Alguien me dijo una vez que nunca hay que perder la esperanza, pero es extraño… ahora esas palabras me resultan demasiado huecas. ¿Sabes? Me hubiera gustado enseñarte muchas cosas, tanto buenas como malas. Una puesta de sol, el llanto de un niño, el dolor de una madre al dar a luz. Ahora ya no podremos hacerlo juntos. A veces me pregunto… ¿Cuándo perdimos nuestra historia? ¿Cómo dejamos de ser dueños de nuestro propio destino? Acaso… ¿nos perteneció alguna vez? Puede que el mundo que iba a crear fuese un lugar mucho peor. Pero hubiera sido nuestro.

Poco a poco, la mano de Rah descendió sobre el panel de control central de Utnapisthim. Decenas de cables se introdujeron en su carne, ascendiendo por tendones y venas hasta clavarse en el sistema nervioso de su columna vertebral. El dolor fue desgarrador.

- Apertura del séptimo sello. Hágase el silencio en los cielos.

De repente, uno tras otro, todos los paneles de la sala se apagaron a la vez que un colosal árbol sephiorico empezó a manifestarse; primero por todo Tol Rauko, luego por el Mar Interior y, posteriormente, por todo el mundo. La estructura cabalística era tan vasta que podía verse desde la propia estratosfera.

Y mientras su cuerpo y su alma eran despedazados por el demencial poder que había desencadenado, la voz de Rah resonó por última vez en toda la Creación. Aquellas palabras estaban impregnadas de un matiz solemne y triste, como las de aquel que anuncia una desgracia.

- Y tu nombre será Elhazzared, que significa “El Paraíso Perdido”.

Entonces el mundo se quebró
Y de sus pedazos sólo quedo el silencio.

- ¿Quién… soy?

lunes, 4 de agosto de 2008

Nueva Era

Rah se detuvo y empezó a escudriñar el aire inseguro de lo que había sentido. Súbitamente, la realidad se deformó detrás de él; una gigantesca guadaña apareció de la nada y se dirigió hacia su cabeza a velocidad inhumana. No obstante, como si en el último momento percibiese el ataque, el Señor de Judas se apartó de la trayectoria del filo, que sólo le rozó inofensivamente en la parte derecha de la cara. Rah se giro al instante, pero no había rastro alguno de su desconocido asaltante. Con mucha calma paso los dedos por la herida abierta en su mejilla y miró la sangre con cierto desdén.

-Un mero ataque por sorpresa… qué fútil –Comentó con cierto tono indiferente- ¿Esto es todo lo que se os ha ocurrido para matarme?

En un rápido movimiento, desenfundo su descomunal espada y la arrastró por el suelo haciendo saltar chispas a su alrededor.

-¡Mostraos! No tengo todo el día para jugar con vosotros.

Como respuesta a esas palabras, en las baldosas de la sala empezaron a formarse brillantes runas rojas precedidas de desgarradores gritos; era como si la realidad entera hubiera comenzado a chillar. Una tras otra, tres extrañas criaturas se manifestaron estridentemente en la estancia, mientras todas las velas se encendían con un tono azulado. El primero de esos seres se asemejaba a un ángel de aspecto altivo, con seis alas de color ceniza manchadas de sangre y una enorme guadaña negra en las manos. El segundo era una obesa y deforme imitación de ser humano en cuya descomunal boca, llena de dientes afilados, podía entreverse una oscuridad infinita. El último, sin duda el más aterrador del trío, era una bestia cuyo cuerpo estaba compuesto por carne, metal y fuego.

-Orgullo, Gula e Ira. Tres de los Príncipes Demonio. Enviar a perros falderos en lugar de actuar directamente… ¿Tan interesados están por seguir ocultos ni siquiera mandan a sus agentes? No puedo decir que este impresionado por la elección. Ni siquiera sois dioses.
-No ocurre lo mismo por nuestra parte, oh, “Rey de los Hombres”-Repuso el ángel gris con una melodiosa voz y cierta ironía-. Ya no recuerdo la última vez que un humano sobrevivió a uno de mis ataques.
-¿POR QUÉ PIERDES EL TIEMPO CON EXPLICACIONES ORGULLO? NO ES MÁS QUE CARNE… ¡¡CARNE!!-Rugió la incandescente bestia abalanzándose sobre Rah.

El Señor de Judas estaba preparado para la embestida, pero aun así le resulto difícil no ser arrollado por la monstruosa velocidad de Ira. Reuniendo sus energías, logró apartarse de la trayectoria de la mole de metal y fuego al mismo tiempo que arremetía hacia ella con su espada. El Príncipe Demonio, perplejo por el movimiento de su antagonista y el dolor que sentía a causa de la estocada, fue incapaz de detenerse y atravesó el muro que había tras él haciéndolo saltar por los aires.

-Debisteis venir los siete –Sentencio Rah-. Hubierais tenido una mínima oportunidad.

La expresión de Orgullo se ensombreció.

-Demasiados aires para un simple mortal, sea mendigo o rey. Se acabaron los halagos.
Tan pronto como terminó de pronunciar esas palabras se precipitó hacia él enarbolando la oscura guadaña. Con una celeridad igual de sorprendente, Rah alzo su propia espada e interceptó el ataque del ángel gris, produciendo un potente vendaval en el momento en que ambos filos se encontraron. Tras unos instantes de silencio, en los que los contendientes trataron de medir las fuerzas del otro, una cruel sonrisa se dibujo en la cara de Orgullo quién empezó a arremeter contra su rival. Sus movimientos eran tan rápidos que el cuerpo se le desdoblaba dejando una estela tras de sí, por lo que Rah se vio poco a poco obligado a retroceder mientras las columnas de la sala volaban por los aires. De repente, dos potentes descargas de energía sobrenatural volaron hacía el Señor de Judas, quien pudo distinguir por el rabillo del ojo cómo Gula estaba gesticulando símbolos arcanos con expresión anhelante. Haciendo alarde de una increíble habilidad marcial, aparto a Orgullo de un mandoblazo y se preparo para recibir ambos impactos. Sorprendentemente, la potencia de los conjuros fue menor de la que había supuesto, aunque al chocar contra su arma la explosión resultante le lanzo hacía uno de los muros de la estancia. Sin perder un instante, levanto la cabeza a la espera del siguiente ataque de Orgullo o Gula, pero para su desconcierto ninguno de los dos se había lanzado tras él; permanecían tranquilamente en esquinas opuestas del gran salón.

Cuando se dio cuenta de lo que estaba pasando, era ya demasiado tarde.

La pared a su espalda reventó mientras la ardiente masa metálica de Ira surgía a través de ella. Igual que hiciera antes, Rah trató de apartarse del encontronazo con la bestia, pero esta vez no tuvo tiempo y fue embestido en el costado. Su cuerpo empezó a atravesar una pared tras otra, arrollado por el demonio que no paraba de reír.
Incluso para alguien con la resistencia de Rah, aquel castigo era más de lo que su físico podía soportar. Las costillas se le astillaron y la sangre empezó a brotarle por la comisura de los labios. Viendo a su presa severamente dañada, Ira frenó en seco y aprovecho el impulso que llevaba para lanzarlo de vuelta al gran salón, donde Gula lo atrapo al vuelo. Aquellos fuertes brazos lo asieron como si fuera un simple juguete. La presión era tan grande que, de no ser por su armadura y la energía que estaba infundiéndole a ésta, le hubieran partido en dos como una simple ramita. Lentamente, Gula empezó a acercarlo hacia sus enormes fauces abiertas, e incluso el Señor de Judas sintió un escalofrió al mirar al vacío infinito que había allí dentro.

-Parezes… tan… za… sabroso…-Tartamudeó el obeso demonio con cierta ansiedad.

Como si estas palabras le hubieran sacado de algún trance, Rah hizo acopio de sus fuerzas restantes y levantó el filo que aún llevaba en las manos sesgando los brazos de su captor. Tal como sus pies se posaron en tierra, giró sobre si mismo trazando un enorme circulo con su espada y golpeo al monstruo con toda la potencia de la que fue capaz. El impacto hubiera partido en dos una montaña. La cabeza de Gula rodó limpiamente por el suelo, pero su adversario se había enfrentado a demasiadas entidades como para pensar que eso bastaría para matar a una criatura cuyo poder equivalía al de un dios caído. Sin darle tiempo a recuperarse, busco su núcleo espiritual en el seboso cuerpo que permanecía en pie ante él y lo atravesó con la mano. La sensación, incluso a través de los gruesos guantes de metal, fue repulsiva, pero siguió haciendo fuerza hasta que sintió la esencia de la criatura entre sus dedos. Dándose cuenta del peligro en que se encontraba, el alma de Gula se revolvió asustada y trato de escapar hacia otro plano, pero antes de que fuera capaz de hacerlo, el Señor de Judas la aplastó, destruyendo al demonio completamente. Muy despacio, dándoles la espalda a los demonios, Rah aparto la mano ensangrentada y la mantuvo en alto.

-Uno- Dijo con su habitual tono indiferente…
-¡DEVORARE TU ALMA POR ESO! –Resonó la desgarradora voz de la bestia incandescente mientras corría de vuelta al gran salón-, ¡GRITARAS!

Con una frialdad inusitada, Rah se encaro a Ira sujetando su Legislador con ambas manos. Todo su cuerpo se tensó mientras acumulaba Ki y lo dejaba fluir hacia el exterior. Durante unos instantes, la energía que emano de él fue tan intensa que empezaron a surgir potentes descargas azuladas y las piedras saltaban por los aires. El demonio lo miro cuidadosamente, desconcertado al sentir semejante nivel de poder en un mortal, pero esa confusión sólo avivó más la candente rabia que hervía en su interior. Sin detenerse, saltó por tercera vez a la espera de ver hacía donde esquivaba el hombrecillo, listo para cambiar su trayectoria y descuartizarlo.

Pero esta vez Rah no tenía intención de apartarse. Sus pies se clavaron profundamente en tierra, creando grietas en el suelo, e interceptó en pleno vuelo a la bestia con su espada. En aquel ataque puso toda su habilidad, su poder y también su alma.

Bastaron.

Limpiamente el filo sesgó en dos partes el cuerpo y la esencia del Príncipe Demonio. Los restos de Ira cayeron pesadamente a derecha e izquierda de Rah y comenzaron a quebrarse como cristales rotos. En esta ocasión no tuvo que molestarse en buscar su núcleo espiritual; no había quedado nada de él.

-Dos- Sentenció.

Pero la lucha estaba lejos de haber finalizado. Rah sabía que Orgullo era, con diferencia, el más peligroso de los tres, y le preocupaba mucho que no participase de manera abierta en el combate. La posibilidad de que hubiese huido ni siquiera se le paso por la mente; sería estúpido esperar algo así de una entidad que representaba la soberbia del hombre. Pero por más que intentaba localizarlo, no hallaba ni rastro de su presencia. De repente, sintió una sensación de desasosiego, algo que le impulso a mirar hacia arriba cuando ya era demasiado tarde. Orgullo se encontraba suspendido en la bóveda del gran salón, con sus ensangrentadas alas completamente abiertas y las manos extendidas sobre una esfera de crepitante energía. Sus dos compañeros le habían dado tiempo más que suficiente para preparar su sortilegio final, y con él, la absoluta destrucción de Rah.

-Ve al cielo o al infierno. Donde más te plazca.

El conjuro arcano se desencadenó de lleno en mitad de la sala y la fortaleza entera empezó a tambalearse. Cualquier otro lugar sin las increíbles protecciones tecnomágicas de Judas hubiera sido completamente volatilizado junto a decenas de kilómetros a la redonda, pero aún así, muchas estancias de la fortaleza acabaron destrozadas. El piso había cedido: escombros y cascotes caían por doquier a las plantas inferiores. Orgullo miro divertido hacía abajo mientras esperaba a que el humo se disipara. Y entonces, por primera vez en su existencia casi eterna, el demonio sintió algo parecido a la sorpresa. Puede, incluso, que al miedo.
Entre la nube de cenizas una figura se alzaba con calma, sacudiéndose el polvo y la sangre que le cubrían casi por completo.

-¡Imposible! No puedes estar en pie… ¡Nada podría estar en pie!

Dominando las extrañas emociones que le invadían, el Príncipe Demonio invocó su guadaña y sin perder un instante se lanzo en picado sobre su oponente. Esté aun estaba tambaleante, pero enarboló su espada y comenzó a detener las salvajes acometidas una tras otra sin decir una palabra.

-¡Cae! ¡Cae! ¡Cae! –Gritaba una y otra vez el demonio mientras se movía a la velocidad del pensamiento de un lado a otro sesgando la existencia con su oscuro filo.

En realidad, Orgullo era mucho más rápido y fuerte que Rah. No porque tuviera más experiencia o habilidad, sino porque simplemente siempre había sido así. Cuando quería atacar a alguien no buscaba huecos en la defensa de su rival o se molestaba en estudiar su estilo; sólo pensaba en que quería matarlo y su guadaña ya lo había partido en dos. Él, que había sesgado incluso el alma de dioses, sabía que era cuestión de tiempo que doblegara a su adversario. Después de todo, para el Príncipe Demonio Rah no era más que un hombre.

Esa sería su perdición.

En el momento en el que Orgullo descargó el que debía ser el golpe definitivo, el Señor de Judas atrapó la guadaña entre sus dedos y, con una sencilla estocada, devolvió el ataque. El Príncipe Demonio deseo bloquear la espada, pero inexplicablemente el filo se coló dentro de su guardia cercenándole uno de los brazos. Como si formase parte del mismo movimiento, Rah empezó a fluctuar de un lado a otro, asestándole infinidad de golpes por todo el cuerpo sin que Orgullo fuese capaz de responder. Más que ataques, la coordinación y pasión de sus golpes daban la extraña impresión de que estuviese ejecutando algún tipo de danza. Finalmente, trazó un círculo con los brazos y apoyó la palma de su mano sobre el pecho del demonio.

Durante un segundo que se volvió eterno, ambos contendientes se miraron a los ojos.

-Tres.

Entonces, sin que la mano de Rah se moviera ni un centímetro, el cuerpo de Orgullo salió despedido a lo largo de toda la estancia atravesando una columna tras otra hasta acabar incrustado en la pared opuesta. A continuación, la espada del Señor de Judas cruzo el aire, empalándolo contra el muro.

Pero, para sorpresa del demonio, seguía vivo. Rah había evitado deliberadamente alcanzar su núcleo espiritual y la criatura, aún sin comprender por qué, es había percatado de ello.

Lentamente, con notable calma, Rah empezó a cruzar la sala mientras su adversario se revolvía impotente en la pared tratando de liberarse. Cuando estuvieron frente a frente, en un último remedo de quién era, levantó arrogante su cabeza con el porte de un soberano, a la espera del que debía ser el golpe fatal. Rah se limito a desclavar su espada dejando que el cuerpo empalado cayera al suelo. El Señor de Judas, cubierto completamente de sangre, miró a la altiva criatura que se arrastraba a sus pies con una serenidad escalofriante. Le dio la espalda y camino hacia las escaleras, pero al llegar a las escaleras se detuvo unos instantes sin mirar atrás.

-Corre demonio. Corre tan lejos como puedas y diles esto a tus amos. “Hoy comienza una nueva era”.

Aquellas palabras no estaban cargadas de ironía ni rabia. Tampoco de alegría o pena. Simplemente eran la verdad.

viernes, 1 de agosto de 2008

El comienzo del Fin

No puede acabar así –Dijo mientras sus lágrimas se mezclaban con las gotas de lluvia que le caían por la cara.
Rah contempló el oscuro horizonte desde lo alto de la torre del homenaje. A su alrededor tan lejos como alcanzaba la vista, sólo se extendía el agitado mar iluminado periódicamente por los rayos de la tormenta. Aún no podía verlos, pero los sentía acercarse inexorablemente. En pocas horas los barcos y las ciudadelas alcanzarían las costas de Tol Rauko y ni siquiera él podría detenerlos a todos.

Durante largos minutos permaneció así, empapado en mitad de la lluvia como una mancha negra que partía en dos el gris firmamento. Llevaba la capa envuelta a su alrededor, lo que le daba el aspecto de un ave de mal agüero entre las grotescas gárgolas de metal. Por su cabeza aún se hilaban miles de planes, jugadas desesperadas que pudiesen dar un vuelco a todo aquello y devolverle el control, aunque sabía que sólo se estaba mintiendo a sí mismo. La Cofradía ya no existía. Sus ejércitos, arrasados. Había perdido la guerra y el mundo se le escapaba irremisiblemente de las manos sin que nada de lo que hiciese fuera a devolvérselo. Para alguien que trató de destruir el destino lo que deparaba el futuro se estaba tornando muy claro ante sus ojos.
El sueño se resquebrajaba como frágil cristal.

Vagando en sus pensamientos, hubiera permanecido así horas de no ser por una sensación que le saco de su átonia. Incluso en la distancia, a cientos de kilómetros, pudo percibir una presencia diferente a las demás y una irónica sonrisa se dibujó en su cara.
-Zhorne Giovanni… -Murmuro entrecerrando los ojos con cierta melancolía-. Después de tanto tiempo, al fin podremos conocernos.
Es extraño, ¿sabes? Tú y yo nos parecemos mucho, más de lo que ninguno de los dos querríamos admitir. Ambos hemos luchado contra un adversario desconocido y lo hemos perdido todo. Camaradas, amigos, las personas a las que amamos…

¿Qué te sostiene, mi enemigo? ¿Qué es lo que te hace avanzar hacia mí en mitad el caos y la tormenta? ¿Es odio? ¿Esperanza quizás? O puede que seas igual que yo… que, simplemente, ya no te queda nada más…
Como si acabase de despertar de un mal sueño, Rah levantó lentamente la cabeza y miro a los cielos con arrogancia, que le respondieron desafiantes con su potente trueno.
-Así que pensáis que habéis ganado otra vez… Que al final, como siempre, todo ocurre tal y como habéis planeado. Supongo que esto no os habrá parecido más que un mero juego. Un niño estúpido tratando de hacer algo demasiado grande para él.
Probablemente nunca os llegó a preocupar nada de lo que hice.
O quizás… ¿O quizás sí?
No por lo que soy, ni por lo que he sido. Sino por lo que represento.

Distraído por aquel pensamiento, Rah bajó la cabeza mientras adoptaba una expresión burlesca.
-Decidme. ¿Me temíais? ¿A mi? ¿A un simple hombre? No os preocupéis, aún os daré razones de sobra para hacerlo.
Y entonces, ya al borde de la desesperación y la locura, rió, pero su amarga carcajada fue arrastrada por el fuerte viento de la tormenta.
No iba a darse por vencido.
En su interior sabía lo que tenía que hacer.

En realidad, siempre lo supo.