No puede acabar así –Dijo mientras sus lágrimas se mezclaban con las gotas de lluvia que le caían por la cara.
Rah contempló el oscuro horizonte desde lo alto de la torre del homenaje. A su alrededor tan lejos como alcanzaba la vista, sólo se extendía el agitado mar iluminado periódicamente por los rayos de la tormenta. Aún no podía verlos, pero los sentía acercarse inexorablemente. En pocas horas los barcos y las ciudadelas alcanzarían las costas de Tol Rauko y ni siquiera él podría detenerlos a todos.
Durante largos minutos permaneció así, empapado en mitad de la lluvia como una mancha negra que partía en dos el gris firmamento. Llevaba la capa envuelta a su alrededor, lo que le daba el aspecto de un ave de mal agüero entre las grotescas gárgolas de metal. Por su cabeza aún se hilaban miles de planes, jugadas desesperadas que pudiesen dar un vuelco a todo aquello y devolverle el control, aunque sabía que sólo se estaba mintiendo a sí mismo. La Cofradía ya no existía. Sus ejércitos, arrasados. Había perdido la guerra y el mundo se le escapaba irremisiblemente de las manos sin que nada de lo que hiciese fuera a devolvérselo. Para alguien que trató de destruir el destino lo que deparaba el futuro se estaba tornando muy claro ante sus ojos.
El sueño se resquebrajaba como frágil cristal.
Vagando en sus pensamientos, hubiera permanecido así horas de no ser por una sensación que le saco de su átonia. Incluso en la distancia, a cientos de kilómetros, pudo percibir una presencia diferente a las demás y una irónica sonrisa se dibujó en su cara.
-Zhorne Giovanni… -Murmuro entrecerrando los ojos con cierta melancolía-. Después de tanto tiempo, al fin podremos conocernos.
Es extraño, ¿sabes? Tú y yo nos parecemos mucho, más de lo que ninguno de los dos querríamos admitir. Ambos hemos luchado contra un adversario desconocido y lo hemos perdido todo. Camaradas, amigos, las personas a las que amamos…
¿Qué te sostiene, mi enemigo? ¿Qué es lo que te hace avanzar hacia mí en mitad el caos y la tormenta? ¿Es odio? ¿Esperanza quizás? O puede que seas igual que yo… que, simplemente, ya no te queda nada más…
Como si acabase de despertar de un mal sueño, Rah levantó lentamente la cabeza y miro a los cielos con arrogancia, que le respondieron desafiantes con su potente trueno.
-Así que pensáis que habéis ganado otra vez… Que al final, como siempre, todo ocurre tal y como habéis planeado. Supongo que esto no os habrá parecido más que un mero juego. Un niño estúpido tratando de hacer algo demasiado grande para él.
Probablemente nunca os llegó a preocupar nada de lo que hice.
O quizás… ¿O quizás sí?
No por lo que soy, ni por lo que he sido. Sino por lo que represento.
Distraído por aquel pensamiento, Rah bajó la cabeza mientras adoptaba una expresión burlesca.
-Decidme. ¿Me temíais? ¿A mi? ¿A un simple hombre? No os preocupéis, aún os daré razones de sobra para hacerlo.
Y entonces, ya al borde de la desesperación y la locura, rió, pero su amarga carcajada fue arrastrada por el fuerte viento de la tormenta.
No iba a darse por vencido.
En su interior sabía lo que tenía que hacer.
En realidad, siempre lo supo.
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