Todo Gaïa había temblado, no podía verlo, pero pudo sentirlo en su interior, como había sentido tantas otras veces, la vida lejos, haya donde ella no podía tocarla. Sentía los grandes poderes, los enfrentamientos de los seres que poblaban toda la realidad, el batir de las alas de un pájaro… lo sentía todo pero no había vivido nada. Tan solo era una espectadora pasiva de lo que ocurría a miles de kilómetros de ella, encerrada en un lugar donde, paradójicamente, puede que fuera el ser más libre y el más consciente de lo que ocurría en Gaïa.
Eso cambió, todo cambió radicalmente ese día. Gaïa había temblado, y el ser que en la distancia compartió su celda ya no se encontraba en ningún sitio, por mucho que lo buscase en su inconsciencia, el había desaparecido. Lo último que quedaba de este ser fueron unas promesas incumplidas, una conciencia desaparecida y un nombre:
- Y tu nombre será Elhazzared, que significa “El Paraíso Perdido”.
Elhazzared… después de tanto tiempo todo lo que para ella era conocido, toda la percepción que tenia del mundo, su forma, sus habitantes, ya no podía ser concebida desde su nuevo estado. Pasó entonces a una confusión que inundaba una materialidad que no reconocía como suya.
Todo lo que la rodeaba, era confuso, oscuro…
El suelo estaba frío… Frío, conocía esa palabra pero nunca había experimentado esa sensación. ¿Qué era lo que pasaba?, ¿por qué no podía controlar, su…? Su cuerpo. ¿Desde cuando ella poseía cuerpo? Miró hacia el suelo y fue consciente de su materialidad más allá de una mera percepción. Fijó la vista en sus manos, eran pequeñas… posteriormente no recordaría cuanto tiempo estuvo observándolas. Sentía frío, estaba desnuda, de pie, tiritando… sus largos cabellos se encontraban mojados y se pegaban al cuerpo formando casi un velo de protección natural. Pero toda ella estaba empapada y sentía por primera vez en su existencia: frío.
Contempló lo que le rodeaba, todo a su alrededor estaba repleto de sangre, trozos de cristal y del mismo líquido que envolvía ahora su cuerpo, entorno a ella todo era conocido y a la vez extraño. Observaba la escena con la mirada del que abre por primera vez los ojos. En su confusión dio un paso, temblorosa, saliendo de lo que parecía ser el contenedor del líquido que la empapaba y posiblemente el antiguo dueño de la forma final de los cristales que se confundían a su paso. Mientras avanzaba y bajo sus pies descalzos se clavaban miles aristas afiladas, vio algo que llamó su atención en el suelo. Un inexplicable impulso le hizo agacharse a recogerlo, aquello distaba mucho de todo lo que la rodeaba, como la pieza de un puzzle que no llega a encajar. Era, una pluma. Solo entonces, de rodillas en el frío suelo se dio cuenta de que parte de su cuerpo, así como sus manos, estaban impregnados de sangre. Una lágrima recorrió su mejilla…
- ¿Quién... soy?
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