Rah descendió por las largas escaleras oscuras que se introducían en lo más profundo de la tierra. Su vista se encontraba nublada por el dolor y el cansancio, pero conocía a la perfección cada rincón de aquellos escalones, cada piedra de aquel lóbrego pasaje. Podría bajarlas incluso con los ojos cerrados.
Cuando llegó hasta la base, se detuvo mirando las enormes puertas de metal. A pesar de las protecciones que las revestían, sentía el descomunal poder que crepitaba en el interior. Muy despacio se quitó un guantelete y puso su mano llena de sangre sobre el panel circular.
- Apertura de los seis primeros sellos.
Con un sonido seco, toda la superficie metálica empezó a llenarse de símbolos brillantes, formando un reluciente árbol cabalístico con siete sephirots. Cuando termino de manifestarse, una tras otra las capas de metal místico de la puerta empezaron a separarse y Rah se introdujo en el corazón mismo de Tol Rauko.
Utnapisthim.
Delante de él la inmensa maquinaria se extendía kilómetros y kilómetros bajo tierra, hasta clavarse en las propias raíces de la existencia. A su alrededor flotaban centenares de paneles, repletos de fórmulas cuánticas y sobrenaturales. El Señor de Judas lo observó todo con minuciosidad mientras avanzaba por la colosal estancia. Millones de almas, tanto mortales como de dioses, se habían acumulado en aquellas ramificaciones de metal, un poder como jamás había estado al alcance del hombre. Cuando pasó cerca del núcleo no pudo evitar esbozar una sardónica sonrisa al fijarse en las treinta piezas de metal negro ubicadas en el panel central pero, sin detenerse, siguió adelante hasta llegar a su destino.
En el centro de aquel lugar había un enorme cilindro de cristal lleno de tubos, en cuyo interior se encontraba levitando una mujer sumida en un profundo letargo. Era hermosa de un modo difícilmente explicable, tanto que haría que los poetas dejaran de soñar. Al mirarla, la expresión de Rah cambió levemente y sus ojos se llenaron de cierta melancolía.
- Lo lamento. Aún no estás preparada, pero ya no me queda nada más.
Con dulzura, pasó su mano ensangrentada por el cristal, dejando cuatro largos surcos rojos. Por primera vez desde hacía mucho tiempo, una profunda tristeza le invadió.
- Puede que esto sea un error. Alguien me dijo una vez que nunca hay que perder la esperanza, pero es extraño… ahora esas palabras me resultan demasiado huecas. ¿Sabes? Me hubiera gustado enseñarte muchas cosas, tanto buenas como malas. Una puesta de sol, el llanto de un niño, el dolor de una madre al dar a luz. Ahora ya no podremos hacerlo juntos. A veces me pregunto… ¿Cuándo perdimos nuestra historia? ¿Cómo dejamos de ser dueños de nuestro propio destino? Acaso… ¿nos perteneció alguna vez? Puede que el mundo que iba a crear fuese un lugar mucho peor. Pero hubiera sido nuestro.
Poco a poco, la mano de Rah descendió sobre el panel de control central de Utnapisthim. Decenas de cables se introdujeron en su carne, ascendiendo por tendones y venas hasta clavarse en el sistema nervioso de su columna vertebral. El dolor fue desgarrador.
- Apertura del séptimo sello. Hágase el silencio en los cielos.
De repente, uno tras otro, todos los paneles de la sala se apagaron a la vez que un colosal árbol sephiorico empezó a manifestarse; primero por todo Tol Rauko, luego por el Mar Interior y, posteriormente, por todo el mundo. La estructura cabalística era tan vasta que podía verse desde la propia estratosfera.
Y mientras su cuerpo y su alma eran despedazados por el demencial poder que había desencadenado, la voz de Rah resonó por última vez en toda la Creación. Aquellas palabras estaban impregnadas de un matiz solemne y triste, como las de aquel que anuncia una desgracia.
- Y tu nombre será Elhazzared, que significa “El Paraíso Perdido”.
Entonces el mundo se quebró
Y de sus pedazos sólo quedo el silencio.
- ¿Quién… soy?
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