lunes, 4 de agosto de 2008

Nueva Era

Rah se detuvo y empezó a escudriñar el aire inseguro de lo que había sentido. Súbitamente, la realidad se deformó detrás de él; una gigantesca guadaña apareció de la nada y se dirigió hacia su cabeza a velocidad inhumana. No obstante, como si en el último momento percibiese el ataque, el Señor de Judas se apartó de la trayectoria del filo, que sólo le rozó inofensivamente en la parte derecha de la cara. Rah se giro al instante, pero no había rastro alguno de su desconocido asaltante. Con mucha calma paso los dedos por la herida abierta en su mejilla y miró la sangre con cierto desdén.

-Un mero ataque por sorpresa… qué fútil –Comentó con cierto tono indiferente- ¿Esto es todo lo que se os ha ocurrido para matarme?

En un rápido movimiento, desenfundo su descomunal espada y la arrastró por el suelo haciendo saltar chispas a su alrededor.

-¡Mostraos! No tengo todo el día para jugar con vosotros.

Como respuesta a esas palabras, en las baldosas de la sala empezaron a formarse brillantes runas rojas precedidas de desgarradores gritos; era como si la realidad entera hubiera comenzado a chillar. Una tras otra, tres extrañas criaturas se manifestaron estridentemente en la estancia, mientras todas las velas se encendían con un tono azulado. El primero de esos seres se asemejaba a un ángel de aspecto altivo, con seis alas de color ceniza manchadas de sangre y una enorme guadaña negra en las manos. El segundo era una obesa y deforme imitación de ser humano en cuya descomunal boca, llena de dientes afilados, podía entreverse una oscuridad infinita. El último, sin duda el más aterrador del trío, era una bestia cuyo cuerpo estaba compuesto por carne, metal y fuego.

-Orgullo, Gula e Ira. Tres de los Príncipes Demonio. Enviar a perros falderos en lugar de actuar directamente… ¿Tan interesados están por seguir ocultos ni siquiera mandan a sus agentes? No puedo decir que este impresionado por la elección. Ni siquiera sois dioses.
-No ocurre lo mismo por nuestra parte, oh, “Rey de los Hombres”-Repuso el ángel gris con una melodiosa voz y cierta ironía-. Ya no recuerdo la última vez que un humano sobrevivió a uno de mis ataques.
-¿POR QUÉ PIERDES EL TIEMPO CON EXPLICACIONES ORGULLO? NO ES MÁS QUE CARNE… ¡¡CARNE!!-Rugió la incandescente bestia abalanzándose sobre Rah.

El Señor de Judas estaba preparado para la embestida, pero aun así le resulto difícil no ser arrollado por la monstruosa velocidad de Ira. Reuniendo sus energías, logró apartarse de la trayectoria de la mole de metal y fuego al mismo tiempo que arremetía hacia ella con su espada. El Príncipe Demonio, perplejo por el movimiento de su antagonista y el dolor que sentía a causa de la estocada, fue incapaz de detenerse y atravesó el muro que había tras él haciéndolo saltar por los aires.

-Debisteis venir los siete –Sentencio Rah-. Hubierais tenido una mínima oportunidad.

La expresión de Orgullo se ensombreció.

-Demasiados aires para un simple mortal, sea mendigo o rey. Se acabaron los halagos.
Tan pronto como terminó de pronunciar esas palabras se precipitó hacia él enarbolando la oscura guadaña. Con una celeridad igual de sorprendente, Rah alzo su propia espada e interceptó el ataque del ángel gris, produciendo un potente vendaval en el momento en que ambos filos se encontraron. Tras unos instantes de silencio, en los que los contendientes trataron de medir las fuerzas del otro, una cruel sonrisa se dibujo en la cara de Orgullo quién empezó a arremeter contra su rival. Sus movimientos eran tan rápidos que el cuerpo se le desdoblaba dejando una estela tras de sí, por lo que Rah se vio poco a poco obligado a retroceder mientras las columnas de la sala volaban por los aires. De repente, dos potentes descargas de energía sobrenatural volaron hacía el Señor de Judas, quien pudo distinguir por el rabillo del ojo cómo Gula estaba gesticulando símbolos arcanos con expresión anhelante. Haciendo alarde de una increíble habilidad marcial, aparto a Orgullo de un mandoblazo y se preparo para recibir ambos impactos. Sorprendentemente, la potencia de los conjuros fue menor de la que había supuesto, aunque al chocar contra su arma la explosión resultante le lanzo hacía uno de los muros de la estancia. Sin perder un instante, levanto la cabeza a la espera del siguiente ataque de Orgullo o Gula, pero para su desconcierto ninguno de los dos se había lanzado tras él; permanecían tranquilamente en esquinas opuestas del gran salón.

Cuando se dio cuenta de lo que estaba pasando, era ya demasiado tarde.

La pared a su espalda reventó mientras la ardiente masa metálica de Ira surgía a través de ella. Igual que hiciera antes, Rah trató de apartarse del encontronazo con la bestia, pero esta vez no tuvo tiempo y fue embestido en el costado. Su cuerpo empezó a atravesar una pared tras otra, arrollado por el demonio que no paraba de reír.
Incluso para alguien con la resistencia de Rah, aquel castigo era más de lo que su físico podía soportar. Las costillas se le astillaron y la sangre empezó a brotarle por la comisura de los labios. Viendo a su presa severamente dañada, Ira frenó en seco y aprovecho el impulso que llevaba para lanzarlo de vuelta al gran salón, donde Gula lo atrapo al vuelo. Aquellos fuertes brazos lo asieron como si fuera un simple juguete. La presión era tan grande que, de no ser por su armadura y la energía que estaba infundiéndole a ésta, le hubieran partido en dos como una simple ramita. Lentamente, Gula empezó a acercarlo hacia sus enormes fauces abiertas, e incluso el Señor de Judas sintió un escalofrió al mirar al vacío infinito que había allí dentro.

-Parezes… tan… za… sabroso…-Tartamudeó el obeso demonio con cierta ansiedad.

Como si estas palabras le hubieran sacado de algún trance, Rah hizo acopio de sus fuerzas restantes y levantó el filo que aún llevaba en las manos sesgando los brazos de su captor. Tal como sus pies se posaron en tierra, giró sobre si mismo trazando un enorme circulo con su espada y golpeo al monstruo con toda la potencia de la que fue capaz. El impacto hubiera partido en dos una montaña. La cabeza de Gula rodó limpiamente por el suelo, pero su adversario se había enfrentado a demasiadas entidades como para pensar que eso bastaría para matar a una criatura cuyo poder equivalía al de un dios caído. Sin darle tiempo a recuperarse, busco su núcleo espiritual en el seboso cuerpo que permanecía en pie ante él y lo atravesó con la mano. La sensación, incluso a través de los gruesos guantes de metal, fue repulsiva, pero siguió haciendo fuerza hasta que sintió la esencia de la criatura entre sus dedos. Dándose cuenta del peligro en que se encontraba, el alma de Gula se revolvió asustada y trato de escapar hacia otro plano, pero antes de que fuera capaz de hacerlo, el Señor de Judas la aplastó, destruyendo al demonio completamente. Muy despacio, dándoles la espalda a los demonios, Rah aparto la mano ensangrentada y la mantuvo en alto.

-Uno- Dijo con su habitual tono indiferente…
-¡DEVORARE TU ALMA POR ESO! –Resonó la desgarradora voz de la bestia incandescente mientras corría de vuelta al gran salón-, ¡GRITARAS!

Con una frialdad inusitada, Rah se encaro a Ira sujetando su Legislador con ambas manos. Todo su cuerpo se tensó mientras acumulaba Ki y lo dejaba fluir hacia el exterior. Durante unos instantes, la energía que emano de él fue tan intensa que empezaron a surgir potentes descargas azuladas y las piedras saltaban por los aires. El demonio lo miro cuidadosamente, desconcertado al sentir semejante nivel de poder en un mortal, pero esa confusión sólo avivó más la candente rabia que hervía en su interior. Sin detenerse, saltó por tercera vez a la espera de ver hacía donde esquivaba el hombrecillo, listo para cambiar su trayectoria y descuartizarlo.

Pero esta vez Rah no tenía intención de apartarse. Sus pies se clavaron profundamente en tierra, creando grietas en el suelo, e interceptó en pleno vuelo a la bestia con su espada. En aquel ataque puso toda su habilidad, su poder y también su alma.

Bastaron.

Limpiamente el filo sesgó en dos partes el cuerpo y la esencia del Príncipe Demonio. Los restos de Ira cayeron pesadamente a derecha e izquierda de Rah y comenzaron a quebrarse como cristales rotos. En esta ocasión no tuvo que molestarse en buscar su núcleo espiritual; no había quedado nada de él.

-Dos- Sentenció.

Pero la lucha estaba lejos de haber finalizado. Rah sabía que Orgullo era, con diferencia, el más peligroso de los tres, y le preocupaba mucho que no participase de manera abierta en el combate. La posibilidad de que hubiese huido ni siquiera se le paso por la mente; sería estúpido esperar algo así de una entidad que representaba la soberbia del hombre. Pero por más que intentaba localizarlo, no hallaba ni rastro de su presencia. De repente, sintió una sensación de desasosiego, algo que le impulso a mirar hacia arriba cuando ya era demasiado tarde. Orgullo se encontraba suspendido en la bóveda del gran salón, con sus ensangrentadas alas completamente abiertas y las manos extendidas sobre una esfera de crepitante energía. Sus dos compañeros le habían dado tiempo más que suficiente para preparar su sortilegio final, y con él, la absoluta destrucción de Rah.

-Ve al cielo o al infierno. Donde más te plazca.

El conjuro arcano se desencadenó de lleno en mitad de la sala y la fortaleza entera empezó a tambalearse. Cualquier otro lugar sin las increíbles protecciones tecnomágicas de Judas hubiera sido completamente volatilizado junto a decenas de kilómetros a la redonda, pero aún así, muchas estancias de la fortaleza acabaron destrozadas. El piso había cedido: escombros y cascotes caían por doquier a las plantas inferiores. Orgullo miro divertido hacía abajo mientras esperaba a que el humo se disipara. Y entonces, por primera vez en su existencia casi eterna, el demonio sintió algo parecido a la sorpresa. Puede, incluso, que al miedo.
Entre la nube de cenizas una figura se alzaba con calma, sacudiéndose el polvo y la sangre que le cubrían casi por completo.

-¡Imposible! No puedes estar en pie… ¡Nada podría estar en pie!

Dominando las extrañas emociones que le invadían, el Príncipe Demonio invocó su guadaña y sin perder un instante se lanzo en picado sobre su oponente. Esté aun estaba tambaleante, pero enarboló su espada y comenzó a detener las salvajes acometidas una tras otra sin decir una palabra.

-¡Cae! ¡Cae! ¡Cae! –Gritaba una y otra vez el demonio mientras se movía a la velocidad del pensamiento de un lado a otro sesgando la existencia con su oscuro filo.

En realidad, Orgullo era mucho más rápido y fuerte que Rah. No porque tuviera más experiencia o habilidad, sino porque simplemente siempre había sido así. Cuando quería atacar a alguien no buscaba huecos en la defensa de su rival o se molestaba en estudiar su estilo; sólo pensaba en que quería matarlo y su guadaña ya lo había partido en dos. Él, que había sesgado incluso el alma de dioses, sabía que era cuestión de tiempo que doblegara a su adversario. Después de todo, para el Príncipe Demonio Rah no era más que un hombre.

Esa sería su perdición.

En el momento en el que Orgullo descargó el que debía ser el golpe definitivo, el Señor de Judas atrapó la guadaña entre sus dedos y, con una sencilla estocada, devolvió el ataque. El Príncipe Demonio deseo bloquear la espada, pero inexplicablemente el filo se coló dentro de su guardia cercenándole uno de los brazos. Como si formase parte del mismo movimiento, Rah empezó a fluctuar de un lado a otro, asestándole infinidad de golpes por todo el cuerpo sin que Orgullo fuese capaz de responder. Más que ataques, la coordinación y pasión de sus golpes daban la extraña impresión de que estuviese ejecutando algún tipo de danza. Finalmente, trazó un círculo con los brazos y apoyó la palma de su mano sobre el pecho del demonio.

Durante un segundo que se volvió eterno, ambos contendientes se miraron a los ojos.

-Tres.

Entonces, sin que la mano de Rah se moviera ni un centímetro, el cuerpo de Orgullo salió despedido a lo largo de toda la estancia atravesando una columna tras otra hasta acabar incrustado en la pared opuesta. A continuación, la espada del Señor de Judas cruzo el aire, empalándolo contra el muro.

Pero, para sorpresa del demonio, seguía vivo. Rah había evitado deliberadamente alcanzar su núcleo espiritual y la criatura, aún sin comprender por qué, es había percatado de ello.

Lentamente, con notable calma, Rah empezó a cruzar la sala mientras su adversario se revolvía impotente en la pared tratando de liberarse. Cuando estuvieron frente a frente, en un último remedo de quién era, levantó arrogante su cabeza con el porte de un soberano, a la espera del que debía ser el golpe fatal. Rah se limito a desclavar su espada dejando que el cuerpo empalado cayera al suelo. El Señor de Judas, cubierto completamente de sangre, miró a la altiva criatura que se arrastraba a sus pies con una serenidad escalofriante. Le dio la espalda y camino hacia las escaleras, pero al llegar a las escaleras se detuvo unos instantes sin mirar atrás.

-Corre demonio. Corre tan lejos como puedas y diles esto a tus amos. “Hoy comienza una nueva era”.

Aquellas palabras no estaban cargadas de ironía ni rabia. Tampoco de alegría o pena. Simplemente eran la verdad.

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